26.8.15

El destino en las estrellas

Cuando cerré la puerta de casa, encontré a Cristian sentado en la banquita del jardín de mamá.
―Hace frío acá fuera.
―Un poco ―admití. ―Somos jóvenes y aventureros, el frío no nos puede dañar.
―¡Vámonos! ―extendió su mano para que la tomara. ―Quiero mostrarte algo.
―Mmmm, interesante ―él me hacía sonreír con su misterio. Aunque lo conocía, quería descubrirlo cada vez más.
Cristian me jaló para que corriera a su lado. Lo hice.
Corrimos por unas cuantas cuadras hasta que llegamos a la avenida, donde había un puente viejo que aún se usaba.
―¿A dónde vamos? ―mi corazón estaba a punto de salir de mi pecho.
―A ver la Pequeña Ciudad, nuestra ciudad.
Hizo una reverencia y me invitó a subir el puente antes que él, como si fuese una princesa y él, mi príncipe.
Desde arriba podíamos ver la larga avenida, el horizonte que llevaba a algún lugar lejano. Era el camino que debíamos tomar para regresar a la Gran Ciudad, a nuestra vida rutinaria, cuando las vacaciones de invierno acabaran. Las luces brillaban, iluminando las calles y los establecimientos comerciales. Aunque todo estaba muerto por fuera, sabía que la chispa vivía dentro. El sonido de las risas, de la música y los festejos lo delataba.
―No sé por qué este lugar me pareció siempre muy nostálgico. Cuando miraba hacia el horizonte y veía el punto donde termina la avenida y comienza la carretera, sentía que debía estar en algún lugar mejor, viviendo otra vida. Soñaba con largarme de aquí, Vi. Soñaba con estudiar y trabajar y darle a mi madre todo lo que ella me dio, agradecerle de otra forma que no fuese amor todo su esfuerzo por ser madre y padre a la vez. Y lo hice. Pero mientras estaba fuera, mientras conocía personas y disfrutaba de los éxitos en mi vida, no podía dejar de pensar en mamá, en ti y este lugar, no podía dejar de añorar el lugar del que tanto quería huir. No dejaba de pensar en ti y en la Pequeña Ciudad, en lo que pudimos haber sido.
Él se sentó en el piso y dejó que los pies sobresalieran de los barandales, de forma que colgaron en el espacio. Me senté a su lado.
Cada vez me abría más su alma, mientras que yo solo ocultaba la verdad. No era justo para él.
Quise confesarle que tenía dos vidas, que no sabía cómo cambiar la otra y que desconocía mucho de ésta, que temía despertar y perderlo todo. Quise decirle que había muchos misterios en nuestra existencia y que jamás los descubriría, y que no me importaba en lo absoluto. Que en ese momento, lo único que me importaba era que estaba ahí, a mi lado, diciéndome esas cosas, confiando en mí.
―Yo también hui de la esta Pequeña Ciudad. Pero no fue suficiente. No importa a donde vayas, jamás podrás huir de ti mismo ―no sabía a qué le temía, pero no pude decirle la verdad.
―Hay que aprender a vivir con uno mismo ―dijo.

Un fragmento de la nueva historia que estoy escribiendo. tiene mucha mierda existencial, no lo duden.

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